• Buscando salud: entre tradiciones y modernidad (segunda parte)

    September 24, 2013
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    Desde la carretera, camino a La Maná

    En el post anterior reflexionaba sobre las implicaciones socio políticas de la búsqueda por la salud en el marco de las nuevas tendencias de alimentación que valoran lo tradicional visto desde mi experiencia viviendo e investigando sobre estos temas en los Estados Unidos. Estas búsquedas muchas veces no toman en cuenta las grandes inequidades socio políticas que reproducen, ni tampoco los comportamientos mercantilistas y consumistas en los que se derivan. Nuestra búsqueda por la salud se inserta en un marco global de conocimiento y poder, que es el resultado de varios siglos de procesos colonialistas. Si bien todo el mundo tiene derecho a los medios que le permitan alcanzar un estado de bienestar físico y mental, que es la salud, no todos tienen los mismos medios económicos, intelectuales y materiales para alcanzarlo. Es injusto y anti-ético utilizar o extraer alimentos o conocimientos de aquellas personas y lugares que alguna vez fueron y en muchas formas continúan siendo colonizados, para usarlos en beneficio personal de unos cuantos sin proveer una compensación. Esta es una forma de extracción en muchos aspectos similar a la que ocurrió durante la colonia. Mientras allí se extraían y transferían metales preciosos en la dirección Sur Norte, Este Oeste, hoy se transfieren alimentos y conocimentos que curan siguiendo esa misma direccionalidad. A pesar de sus grandes distancias ideológicas, en muchos aspectos los tradicionalistas de la salud se parecen a las lucrativas empresas farmacéuticas, que estudian, y extraen los componentes de plantas medicinales para luego patentarlas y lucrar de ellas.

    En mi propia búsqueda por la salud en lo tradicional encontré aún más interrogantes sobre las implicaciones políticas de ésta búsqueda, que se extienden de una esfera estrictamente humana a otra más amplia que contempla al mundo animal.

    Episodio 1 : La Matanza de la gallina criolla. Bahía de Caráquez (Manabí), Junio del 2012. Rodaje del documental sobre tradiciones alimentarias.

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    El caldo de gallina criolla, además de ser un símbolo de la culinaria tradicional local, es un alimento medicinal por excelencia en el sistema de conocimiento local. Testimonios abundan sobre los usos del caldo como medicina para mujeres recién paridas. Se alistan las gallinas. Llega el momento del alumbramiento. Se mata una gallina para hacer el caldo, se recluye a la mujer en su habitación por 40 días. Se le alimenta con caldo fresco de gallina criolla recién matada para abrigar el cuerpo y facilitar la cicatrización. Dada la importancia del caldo de gallina criolla en la atención de salud de las mujeres en los testimonios de nuestros entrevistad@s, estaba claro que el caldo de gallina criolla era un plato obligatorio a incluir en nuestra lista de alimentos tradicionales curativos de la zona.

    Pedimos a la mamá de Yayita (Adriana Farías), amiga y asistente en la investigación del documental, que nos prepare un caldo de gallina criolla hecho desde el principio. Por insistencia mía, captamos el proceso de preparación desde el momento de matar a la gallina hasta tener el plato de caldo servido en la mesa. Siempre fui sensible al sufrimiento de los animales, pero no pensé que la matanza de la gallina me fuera a afectar tanto. Después de todo había visto a mi abuela hacerlo un par de veces cuando era niña. Se tuerce el pescuezo y la gallina muere al instante, sin padecer por mucho tiempo. Pero la mamá de Yayita usa otro método. Agarra la cabeza de la gallina de un lado, y Yayita sujeta las patas y alas de la gallina del otro. Entonces empieza la sesión de tortura. Con un cuchillo muy poco filo serrucha el cuello de la gallina que no deja de patalear. El suplicio dura unos cinco minutos porque además el ave no muere al instante; su cuerpo se mueve aún después de cortado el pescuezo.

    Mi emoción por rescatar la tradición del caldo de gallina criolla manaba se redujo considerablemente después de ese episodio. He tenido muchas conversaciones muy iluminantes con mi amigo Mateo Villalba sobre el tema de la ética y los animales desde la perspectiva del veganismo, pero no quiero ahondar aqui. Me limito a contar otras experiencias de mi investigación en el verano del 2013, que siguen añadiendo elementos a mis inquietudes y preocupaciones sobre el tema animales, poder y tradición. Valga decir que aquí la conversación se extiende más allá del tema de consumo de comida de granja orgánica. Es probable que allí el sufrimiento animal sí se reduzca considerablemente en comparación a la esclavitud y tortura a que se someten los animales de la industria. Aquí un video para quienes no conocen lo que sucede en una pollería industrial o en una fábrica de producción de leche.

    Es cierto, quizás el método de la mamá de mi amiga Yayita es un poco extremo y fuera de lo común –o tal vez no. Pero esto mismo me hace pensar en si yo y ella, y todos quienes compartimos el amor y el respeto por las tradiciones y su valor para la salud, también compartimos los mismos valores de compasión y respeto por los animales. Me temo que no.

    Episodio 2: Seco de guanta clandestino – California via La Mana (Cotopaxi). Agosto 2013.

    Debajo de las nubes esta "El Monte"

    Debajo de las nubes esta “El Monte”

    Viajé por carretera con mi papá, mi hermano y mis tíos desde Quito a re-conocer el lugar donde mi papá y mi tía Martha vacacionaban cuando niños, y a donde mi hermano y yo íbamos cuando niños también con mi papá. El lugar es el pueblo de San José, más conocido por ellos como “El Monte.” En el Monte hay historias y recuerdos de trapiches, molienda de caña, panela, puntas (aguardiente de caña) y del lavado de oro en las ya cerradas minas de Macuchi.

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    Llegamos tarde un viernes, y el sábado temprano salen mi papá, mi hermano y su novia a hacer compras en La Maná. No pensé que irían de paseo sin avisarme, y peor aún a comerse un seco de guanta en el mercado. Hace años dejé de comer carne roja, pero para mi esposo, que se crió en la Cuba del periodo especial, es casi una necesidad que alivia –incluso a nivel emocional y mental- los largos años de deprivación carnívora y alimentaria en general que enfrentaron él y su familia. (Para los cubanos de la isla el corte drástico en el consumo de carnes se asocia a la crisis económica tras la caída del bloque socialista. Por eso comer carne en Cuba significa prosperidad económica, progreso y bienestar).

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    Vimos guantas en nuestro viaje al Puyo en el 2012

    Cuando le dije que la guanta era una especie de cerdo salvaje, se emocionó por probarla. Otra vez por insistencia mía, fuimos al mercado en busca del puesto de seco de guanta. Jesús lo prueba y lo aprueba. Pregunto a la señora de donde sacan las guantas. Explica que las cogen salvajes “en el monte” porque no hay criaderos. El “Ambiente” (Ministerio) ha regulado su caza porque las guantas están en peligro de extinción, dice. Por tanto, lo que Jesús se comió con tanto gusto era nada menos que un seco de guanta clandestino. ¡Qué arrepentimiento! Haber contribuído a aumentar la demanda de secos de guanta y a su vez la caza indiscriminada de guantas que ponen en peligro su superviviencia como especie en los bosques del Ecuador.

    Recordé entonces mi visita reciente en compañía de mi abuela a las islas Galápagos, donde vive mi tío abuelo Jorge Sevilla y su hermana Rosita. Visitamos la estación Charles Darwin donde hace años se han instalado criaderos de tortugas gigantes o galápagos, especie nativa a estas islas, con el objeto de repoblar a las islas de tortugas que en su momento estuvieron en peligro de extinción. ¿Porqué? Los habitantes de Galápagos acostumbraban comer carne de tortuga y seguramente éste era en su momento un plato tradicional muy nutritivo de los colonos Galapagueños.

    Criaderos de tortugas en la Estación Charles Darwin

    Criaderos de tortugas en la Estación Charles Darwin

    Mi tía Martha aportó un dato adicional relativo a tortugas. Cuenta que en su tiempo de niña recuerda cómo en “El Monte” (cerca de La Maná) mataban tortugas para usar su sangre en forma medicinal. Esperaban sigilosamente a que la tortuga saque su cabeza del caparazón y extienda su cuello para entonces cortárselo y extraer la sangre, que se daba a los niños como remedio para el asma.

    Episodio 3: Aguardiente “cuchucho”. California via La Maná.

    Conocimos al cuchucho en un viaje al Puyo en el 2012

    Conocimos al cuchucho en un viaje al Puyo en el 2012

    Carlos, el esposo de mi tía Martha, es un experto conocedor de licores. Al día siguiente de nuestra llegada, identificó el lugar donde fabrican y venden licores de distintas composiciones y sabores. De todos los licores que nos ofreció a degustar –crema de cacao, licor de piña, entre otros—Carlos celebró la calidad de un famoso licor conocido en la zona como “el Cuchucho” en honor al animal que se usa para fabricarlo. El cuchucho también conocido como coatí es un animal parecido a un oso hormiguero con un hocico y una cola largas que vive en los bosques húmedos de la Costa y Amazonía del Ecuador.

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    Según Horacio, el dueño del negocio de licores en el pueblo de California, el licor del cucucho se fabrica utilizando una serie de partes de animales que incluyen nervios y testículos de toro, partes de la gallina, entre otras yerbas y vegetales. Sin embargo el ingrediente principal y que da el nombre al licor es el hueso del pene de una especie de cuchucho que, según dice, ya se extinguió. Según Horacio esta especie de cuchucho es la única cuyo pene tiene un hueso, pues las especies que quedan ya no lo tienen. El tiene unos cuantos huesos de pene de cuchucho en reserva, y los usa con cautela. El hueso se amarra a un cordel sujetado a la tapa del barril donde se conserva el licor, y después de rasparlo un poco, se introduce en el líquido para que se transfieran sus propiedades afrodisíacas.

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    Este artículo del diario El Universo confirma lo que contó Horacio, que los hombres de la zona lo usan para preparar remedios bajo la creencia de que mejorarán sus erecciones.

    “El cuchucho: Según las creencias ancestrales, el preparado con pene de cuchucho (mamífero parecido a un oso hormiguero) en combinación con plantas exóticas de la región produciría un mejoramiento en la potencia sexual, pero no está comprobado científicamente. Según el urólogo César Merino Espinoza, hay que concienciar que en la actualidad existen medicamentos que tratan afecciones que tienen que ver con el desempeño sexual, cuyo efecto vasodilatador hace que aumente la entrada de sangre en los cuerpos cavernosos, lo que permite una buena erección y mejora la firmeza o la fuerza del pene.”

    ¡No parece muy “civilizado” eso de cazar un animal silvestre hasta extinguirlo para conseguir mejores erecciones!

    Decidí escribir este post después de leer la estremecedora historia que se narra en este artículo acerca de una práctica similar en China.

    Una especie de oso es muy cotizado por su bilis, la cual se utiliza de forma medicinal siguiendo creencias ancestrales de la medicina tradicional China. Para poder obtener el remedio prescrito por médicos tradicionales Chinos, se esclaviza a los osos en jaulas, se los amarra y se les extrae la bilis estando vivos introduciendo tubos en su vesícula, sin el uso de ningún tipo de anestesia. (ver más aquí)

    El artículo narra la historia de una madre osa que escapó de su jaula para rescatar a su cría que aullaba de dolor mientras le extraían la bilis. La madre osa asesinó a la cría estrangulándola y luego se suicidó corriendo contra una pared para golpeárse deliberádamente. El artículo concluye que mientras haya demanda por la bilis de los osos y mientras persistan las creencias en los sistemas médicos tradicionales, habrán osos esclavizados y torturados. Otro artículo reporta suicidios masivos de osos que por su propia voluntad dejan de comer para morir de hambre y evitar el sufrimiento en las jaulas donde remueven su bilis dos veces al día.

    Un paralelo interesante con el caso del cuchucho ecuatoriano es que según el artículo, se conoce que entre otros usos terapéuticos, la bilis de los osos se usa como cura para la resaca y también como un afrodisíaco bajo el supuesto de que hará a los hombres, sexualmente “tan fuertes como un oso.” ¡Qué sistemas de poder tan perversos crean valores y expectativas como el de la hipersexualidad masculina, que nos conducen a acciones tan egoístas y retrógradas como matar y torturar animales para satisfacerlas!

    Por mi parte, cada día me convenzo más de que la tradicionalidad pura en la medicina y en la alimentación no es algo por lo que voy a luchar. Puedo imaginar que así como muchos no ven el problema con extraer conocimientos de poblaciones menos industrializadas para alcanzar su salud, otros tampoco ven mal esclavizar, torturar animales y usar sus partes con el mismo fin. Está claro que hay un lugar en que estos dos aparentemente distintos sistemas de poder y de valor se intercalan. Queda un espacio para reflexionar sobre si estamos de acuerdo con el dicho que dice ‘ante todo está nuestra salud,’ o si tal vez hay causas igual de importantes que procurar, como son la salud de aquellos que han sido y son sistemáticamente marginalizados por nuestro grupo social o por nuestra especie. En ese caso deberíamos cuestionarnos, y si así lo decidimos, renunciar a nuestros valores, nuestros gustos e incluso nuestras necesidades y lazos culturales. Entonces nuestro rol no necesariamente será actuar como guardianes de tradiciones en su estado supuestamente genuino, auténtico o puro, sino más bien transformarlas y redefinirlas en función de nuevos y mejores sistemas de valores y más justos universos sociales.

    Pilar Egüez Guevara
    Agosto 2013

  • Buscando salud: entre tradiciones y modernidad (primera parte)

    September 9, 2013
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    Recién llegada a mi hogar en –como dice mi amigo Mateo—la apacible Urbana Champaign, después de viajar durante tres meses por varios lugares en Estados Unidos y Ecuador me abruman los pensamientos sobre nuevos aprendizajes y reflexiones sobre del tema que ocupa mi mente y mi trabajo en el último año: comida y salud.

    Un poco de contexto para aquellos que no saben de mis andanzas: con los amigos Alejandra, Chio, Josh (Gato) y Jesús nos embarcamos en un proyecto sobre alimentación tradicional en Manabí. En Junio y Julio 2013 con ayuda de las amigas Yayita (Adriana Farías), Allison Corbett y Ale Spector y el apoyo institucional del CNCINE y La Poderosa Media Project realizamos una investigación de la que esperamos se convierta en un documental sobre el tema. Entrevistamos mujeres especialistas en cocina, muchas quienes tienen sus propios negocios de comida en Bahía de Caráquez. También fuimos a Barquero (via Chone), San Vicente, Calceta y Chone. Aprendimos recetas no sólo de comidas típicas sino también de alimentos cotidianos que, aunque hoy en día ya no se acostumbran, son en muchos casos más nutritivos. También aprendimos sobre muchos remedios y las formas en que se usaban o concebían estos alimentos como medicinas. Aquí un pequeño avance de lo que esperamos sea el documental

    En este artículo (en inglés, pp 15) comparto los motivos que inspiraron este proyecto, y que ahora forman parte de una investigación más amplia sobre alimentación, salud y envejecimiento en Ecuador a nivel postdoctoral. A lo largo de mis años como estudiante doctoral me enfrenté (con éxito!) con la ayuda de mi esposo Jesús, la de mi mamá, y mi familia en Ecuador desde la distancia, a una serie de desbalances en mi cuerpo que motivaron mi búsqueda por la salud, especialmente a través de la alimentación.

    Después de haber aventurado un tiempo con el vegetarianismo y la macrobiótica, llegó a mis manos el libro Nourishing Traditions gracias a mi amiga Lucila Donoso, quién me ha acompañado por años en mi búsqueda por la salud. Los autores del libro se inspiran en los estudios del médico Weston Price, quien realizó investigaciones en varios países en poblaciones relativamente aisladas del mundo industrializado en los años 1930. Price observó que el consumo de lácteos crudos (no pasteurizados), órganos y grasas animales, especialmente la mantequilla en estas poblaciones los protegía de problemas dentales. La fundación Weston Price hoy realiza investigaciones similares sobre las tradiciones alimentarias de poblaciones no industriales alrededor del mundo y sus beneficios para la salud. Las investigaciones que citan son controversiales porque contradicen los lineamientos nutricionales con los que creció mi generación, particularmente en relación al consumo de grasas. Estos estudios contradicen la idea de que comer grasa animal, por ejemplo de cerdo, de res, de borrego o mantequilla “sube el colesterol” y causan sobrepeso, obesidad y problemas cardíacos. Al contrario, las evidencias demuestran que la epidemia de obesidad ha repuntado al mismo tiempo que ha bajado el consumo de este tipo de grasas animales, mientras que el uso de aceites vegetales refinados, que supuestamente debían protegernos de estos problemas, se ha incrementado exponencialmente. Esto es cierto también para el Ecuador. Hoy consumimos más grasa vegetal que lo que hace cincuenta años consumíamos grasa animal y estamos mucho más gordos y enfermos con padecimientos crónicos.

    El libro Nourishing Traditions propone abrazar las tradiciones alimentarias de poblaciones saludables alrededor del mundo que, entre otras cosas, consumen carne y sus derivados en su forma orgánica. (Pueden descargar la introducción del libro aquí) El libro es una enciclopedia de recetas tradicionales del mundo, de las que se presume una cierta autenticidad. Supuestamente en ellas se encuentran las “fórmulas” para la buena nutrición y la buena salud -las formas correctas de cocinar para potenciar los nutrientes- que los autores validan con referencias a estudios científicos recientes. En esta enorme colección de recetas tradicionales saludables se encuentra nada menos que la sopa de quinua Ecuatoriana, hecha con hueso de cerdo y cocinada a fuego lento.

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    Mientras leía la receta, un poco indignada por los errores ortográficos en la escritura de la palabra Ecuador (Equador) en un libro que presumía de autenticidad y exactitud en las tradiciones del país, me preguntaba, ¿qué hago yo leyendo este libro en inglés en los Estados Unidos? Mientras yo busco las fórmulas para alcanzar la salud en este libro, ¡sus autores lo encuentran en las arcas de la sabiduría ancestral de mi propia familia y mi herencia biológica y cultural! Luego lo empacan y lo venden a un grupo exclusivo de personas en el Norte global con los privilegios materiales e intelectuales que implica acceder a esta información y practicarla. Mientras nuestra clase media (“subdesarrollada”) abraza las tecnologías de la comida importadas del Norte (por ejemplo las cada vez más populares cadenas de comida rápida), la clase media estadounidense abraza nuestras tradiciones alimentarias para escapar las llamadas “enfermedades de la civilización” –obesidad, diabetes, cáncer, enfermedades cardíacas, etc-. No es más que un canje perverso que se despliega en varias dimensiones –simbólica, epistémica y material. Por ejemplo, mientras el coco y en particular su aceite se comercializan a gran escala en los Estados Unidos por considerarlo la grasa más saludable para cocinar, en la provincia de Esmeraldas, donde por siglos el coco ha formado parte esencial de la culinaria local, se rehúye su consumo por recomendación de médicos y nutricionistas que lo consideran “nocivo para el colesterol”. Hoy en día existen ya muchas investigaciones científicas e inclusive institutos de curación que usan el aceite de coco para tratar una serie de enfermedades como el VIH/SIDA, el Alzheimer, la diabetes, y el sobrepeso. Al contrario de lo que divulga el discurso medico oficial, la grasa del coco no engorda, sino todo lo contrario, ayuda al organismo a quemar grasa mediante la activación del metabolismo. Recomiendo leer algunos de estos artículos y estudios (omegascience, raypeat, coconutresearchcenter, coconutcures)

    La Weston Price tiene sus paralelos con el movimiento Paleo, del cual aprendí mucho en la conferencia sobre Salud Ancestral en la que participé hace un par de semanas (Agosto 2013). Los “Paleo” sostienen que nuestros genes no han cambiado en 40.000 años por lo cual nuestro cuerpo no está diseñado para asimilar alimentos del periodo neolítico que trajo la agricultura. Proponen un estilo de vida que se parezca al de los cazadores y recolectores del paleolítico, que incluye una dieta rica en proteínas animales orgánicos (que nuestros antepasados cazaban por sí mismos–aunque muchos de los Paleo, sujetos urbanos como lo son, hoy no lo hacen–), grasas saludables (no refinadas ni de fuentes industriales), vegetales orgánicos, algunas frutas, muy pocos carbohidratos que provengan de tubérculos, y absolutamente ningún cereal, ni integral ni refinado. También enfatizan mucho en el ejercicio y tienen entrenadores que enseñan los movimientos corporales y actividades físicas parecidas a las de los cazadores. Usan zapatos que se asemejan a medias y que cubren cada uno de los dedos de los pies para simular caminar con el pié desnudo. Entre otras cosas, estos zapatos, como más generalmente el caminar descalzo, permite que se potencien las capacidades proprioceptivas del pié que entra en contacto con su entorno inmediato y activa procesos en el cerebro y en el cuerpo beneficiosos para la salud.

    Del sitio www.wired.com

    Esta conferencia es un lugar de encuentro de médicos, investigadores y científicos, en general insatisfechos con los resultados de la medicina occidental, que investigan sobre una amplia gama de procesos biológicos, ambientales y sociales que afectan el bienestar humano. Se caracterizan por su perspectiva integral y a la vez evolutiva, y presentan estudios que van desde los impactos de la exposición a distintos tipos de luz y temperatura que afectan el sueño y otros importantes ritmos biológicos, la importante función de la grasa corporal en el cuerpo de la mujer, la escasa efectividad de los suplementos vitamínicos, los impactos bio-sociales de las redes sociales, los peligros y alternativas a la alta exposición de químicos tóxicos en el ambiente, entre muchos otros temas especialmente relativos a la relación entre la dieta y la salud.

    Para mí fue un verdadero privilegio asistir a casi todas las charlas, y haber sido incluida para presentar nuestro trabajo sobre la alimentación tradicional del Ecuador. Sin embargo, no pude dejar de cuestionarme, como antropóloga cultural, sobre lo que para mí era un enorme elefante blanco en este encuentro: la política. Hubo un presentador que rompió el silencio con una discusión espléndida sobre las escasas posibilidades del movimiento Paleo para expandirse a tal punto de convertirse en la norma o volverse “mainstream”. En base a su propia encuesta, presentó datos poco sorprendentes para quienes sabemos cuán difícil es comprar comida orgánica en Estados Unidos y otros países de Europa: 90% de los que se identifican con el movimiento Paleo son blancos, 70% tienen al menos título universitario, 5% tienen PhD y 40% ganan más de cien mil dólares al año. Al igual que, en general, las personas que consumen comida orgánica, los Paleo son una pequeña élite en un país donde la obesidad y las enfermedades crónicas relacionadas a la dieta afectan cada vez más a los más pobres y a las llamadas “minorías” –especialmente a los negros y latinos—que en su gran mayoría no cuentan con los recursos materiales ni intelectuales para protegerse. Por ejemplo, entre los más pobres, especialmente en comunidades Afro Americanas, se encuentra el fenómeno de los desiertos de la comida (food deserts) que son áreas donde ellos viven sin acceso a supermercados u otras fuentes de alimentos frescos que no sean las “comidas de estación de gasolinera”, como los llama mi amiga Meadow, –alimentos altamente procesados, azucarados y refinados.

    Durante los días del encuentro reflexionaba con mi amiga Karla Blaginin, socióloga estadounidense con ascendencia Colombiana y Filipina, sobre algunas inconsistencias que percibimos en la filosofía y prácticas de la comunidad Paleo. Su visión de salud ancestral se enfoca en el paleolítico mientras relega las prácticas tradicionales y ancestrales más recientes que incorporan alimentos del periodo agrícola, y que también han ofrecido salud a nuestr@s antepasados más inmediatos. (Karla trabaja con mujeres latinas en Atlanta para aprender de sus conocimientos sobre nutrición y curación.) Por algún motivo que probablemente está relacionado con las identificaciones étnicas y raciales, los colegas Paleo se identifican más con un cazador del paleolítico que lo que Karla y yo nos identificamos con ancestros mucho más recientes, por ejemplo mi abuela (Ecuatoriana), o su mamá (Colombiana). Mi abuela Lucía a sus 95 años es un ejemplo de lo que hoy se considera envejecimiento exitoso, es decir, está viviendo los últimos años de su vida con salud. Entonces, al parecer, la reivindicación por lo “ancestral” se convierte en una afirmación política estrechamente vinculada a nuestras subjetividades culturales. (En su trabajo Karla provee algunas respuestas a esta interrogante que se relacionan con la desvinculación de los inmigrantes de origen Anglosajón con sus comunidades de origen por acontecimientos como la Segunda Guerra Mundial. Mientras tanto la inmigración Africana, Asiática y Latina en Estados Unidos tuvo una continuidad en el tiempo que ha permitido mantener los vínculos culturales, entre los que se incluyen las tradiciones alimentarias).

    En otras palabras, mirado desde una perspectiva política y no estrictamente científico-técnica, los colegas Paleo hacen una selección estratégica de elementos del pasado que les ofrecen salud, cuyos resultados positivos legitiman mediante estudios de sus programas dietéticos con sus pacientes. Datos de encuestas y testimonios de curas de un rango amplio de enfermedades en base a distintas versiones de programas Paleo fueron el contenido de varias presentaciones. El mensaje era claro: las dietas Paleo nos dan salud.

    Debo mencionar que todos o casi todos los presentadores y muchos de los participantes tienen negocios muy exitosos de consulta médica y entrenamiento físico, y a menudo venden libros que relatan sus programas, y otros productos de comidas/medicinas naturales o saludables a precios bastante altos, como por ejemplo papas fritas en aceite de coco (a $5 la funda), suplementos a base de aceites de pescado, cremas para la piel y los labios hechas de cebo de búfalo, barras energizantes hechas con proteína de grillo, chicha de té de hongos “kombucha” embotellada, carnes y quesos orgánicos, entre tantos otros.

    Una charla en particular me impactó por las implicaciones políticas que solo mis colegas “minoritarios” –dos colegas negros, mi amiga Karla y yo– fuimos capaces de percibir. Se presenta un libro sobre un programa de enseñanza de posturas corporales adecuadas para evitar los problemas cada vez más comunes de espalda baja. La presentadora es una entrenadora profesional que viaja a distintos lugares del mundo, incluido al Ecuador (Otavalo), pero especialmente a Burkina Faso, un país del oeste Africano, a aprender las formas de caminar, acostarse, sentarse, y cargar bebés anatómicamente adecuadas que usan las mujeres en este país. Traduce este conocimiento al “lenguaje” occidental, lo sistematiza en un método y crea una empresa que ofrece clases particulares para enderezar las posturas nocivas de la cultura y estilo de vida de occidente. Sus resultados son óptimos, sus clientes se curan, y progresa su empresa.

    Su charla es un éxito. Las mujeres de la audiencia se acercan para mirar la demostración que ella hace del arte de las mujeres de Burkina de cargar y atar un bebé en la espalda baja para evitar lastimar su espalda y dejar libres las dos manos para trabajar. Miembros de la audiencia hacen fila para hacerle preguntas después de su charla. Excepto una colega negra que se acercó para comentarnos en confianza su escepticismo. Las mujeres de Burkina pueden cargar bebés en su espalda baja, dijo, en parte gracias al tamaño de sus nalgas y caderas que ofrecen soporte al bebé, las cuales por más que quisieran, las blancas no podrán replicar. Por mi parte, siempre intrigada por la irresponsabilidad de muchos antropólogos por sus prácticas extractivas y esencialmente coloniales para con las comunidades donde trabajan, pregunté a la presentadora qué planes tenía en mente para compensar a estas mujeres por los conocimientos que gratuitamente le confieren, y con los cuales ella no solo cura a sus clientes de Occidente, sino que también obtiene beneficios económicos. No obtuve una respuesta satisfactoria (“[la retribución] es un proyecto a futuro que se hará una vez que se cree un movimiento fuerte sobre éste método acá en EEUU…”). Como los otros, esta colega Paleo también hace una selección estratégica de elementos de un conocimiento “pasado” encarnado en los cuerpos de mujeres que habitan ese “pasado” socioeconómico e ideológico que es el “subdesarrollo,” un estado de existencia fruto de un proceso histórico más amplio de extracción y explotación a gran escala, la colonización. Una versión del canje perverso, un “no canje” ocurre en este caso –conocimiento que cura a cambio de nada o una vaga intención o promesa futura.

    Llama la atención como se mercantiliza la salud y cómo, paradójicamente, la búsqueda por la misma se convierte en un acto egoísta. Se trata de escoger, extraer y mercantilizar, es decir volver accesible por las vías del mercado, conocimientos, alimentos, y prácticas que a menudo no se encuentran o no son posibles en las ciudades donde vivimos, sino en esos lugares del pasado en el tiempo, en el espacio y en las ideas, los campos que la modernidad y la civilización dejó atrás. Quisiéramos encarnarnos en los cuerpos de los otros no-modernos, apropiarnos de su materia biosocial, para alcanzar nuestro objetivo ulterior: la salud mía y de los míos que la modernidad nos arrebató. La incesante y a veces obsesiva búsqueda de la salud en lo tradicional puede enceguecernos sobre nuestra situación de privilegio, crear desbalances y perpetuar inequidades sociales, económicas y ambientales que aunque nos confieran salud individual, pueden perpetuar las enfermedades que ha ocasionado el poder de la mano del capital en nuestras sociedades.

    Hay quienes argumentan el efecto “trickle down,” o “efecto derrame”, desde las clases medias educadas, hacia las clases bajas menos equipadas en lo material e intelectual. Esto se puede ver fácilmente en Ecuador. Mientras que en los días de juventud de mi abuela la quinua era considerada “comida de indios,” se la empieza a valorar a partir de que la NASA “descubre” sus propiedades nutritivas para el Norte global en los años 1980. Pero, ¿vamos a esperar que nos lo diga un científico ó a que se vuelva una moda en los Estados Unidos antes de empezar a buscar en el pasado de nuestra propia herencia cultural algunas claves para alcanzar la salud? Más importante aún: ¿haremos de la búsqueda por la salud un acto egoísta e individual que no mide las consecuencias sociales, políticas, económicas y ambientales de nuestra búsqueda?

    Pilar Egüez Guevara
    Agosto 2013