• Cine, comida y antropología pública

    December 2, 2018

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    En el contexto de la presentación del documental Raspando coco este pasado noviembre, llegó a mis manos el libro de Santiago Rosero, “El Fotógrafo de las Tinieblas” (PUCE 2018). Ya hacia el final de su fascinante crónica sobre Evgen Bavcar, el fotógrafo ciego más famoso del mundo, Rosero compara su experiencia protagonizando una sesión fotográfica de Bavcar con una ceremonia chamánica, el fotógrafo ciego posando sus manos sobre él “como para aplicar una cura.” Complementa su metáfora con una cita del propio Bavcar “Hay muchas mujeres a las que he liberado, mujeres que luego de fotografiarlas se quedaron con una imagen más bella y más segura de ellas mismas, porque puse en valor su presencia terrestre” (p. 70).

    No pude evitar ver el paralelo fotografía-curación, con la experiencia de llevar, en una pantalla de computadora, al grupo de ancianos y ancianas protagonistas de Raspando coco, las video grabaciones de su voz e imágenes en movimiento integradas en una película, al mismo lugar donde las imágenes se originaron–las salas y cocinas de sus hogares. La expedición de entrega y presentación del documental a sus actoras/es duró dos días de recorrido por carretera. Habíamos viajado desde Quito hacia Puerto Cayo (una parada “técnica” y exploratoria, no relacionada), y de allí rumbo a Atacames, la ciudad de Esmeraldas, Las Peñas y Borbón, y de vuelta a Quito. No todos/as las/os actoras/es se encontraban en sus casas al momento de la visita. Por ejemplo, no pudimos después de algunos intentos localizar a don Julio Prado en Atacames, antiguo fabricante y maestro de la preparación del aceite de coco. Pero sí a doña Matilde Angulo en Esmeraldas, experta cocinera y autora del tapao y el masato en el documental. Al llegar a la casa, toqué la puerta con fuerza y llamé a Matilde, un poco a los gritos, tratando de imponerme a la competencia–el karaoke en altoparlante de la alegre y desafinada vecina. Empecé a perder las esperanzas cuando vi por fin a través de la ventana hacia la oscuridad interior, una silueta oscura en una bata blanca. Matilde apareció fruncida, no me veía a contraluz, pero al reconocer mi voz,  mostró por fin su blanca dentadura.

    Nos abrió la puerta una hermosa anciana, recibiéndonos con fuertes apretones y la misma risa contagiosa de la Matilde protagonista, pero de salud visiblemente deteriorada. A sus 86 años (6 años después de su debut), Matilde solo da pasos dentro de su casa, pero ya no sale, ni tampoco cocina. Nos cuenta sus frustraciones de salud, pero su energía no se ha apagado– su luz y carisma se encendieron de inmediato cuando la invité a verse a sí misma en la pantalla de mi computadora Mac, a ella, a la protagonista de la película. Sin parar de sonreir, Matilde reacciona con risas y carcajadas al escucharse y verse representada, repitiendo cada vez que aparecía o hablaba “¡esa viejita no pensó ir tan lejos!”

    El poder de la representación es una de las lecciones que más he disfrutado en mis estudios y las clases de antropología que he dictado. Mi fascinación con el documental como género surge de reconocer el enorme poder y las capas de efectos que ejercen las imágenes; sobre el quién representa a quién, por qué, para qué y para quién; cual es el balance de poderes entre representados y representantes; sobre la posibilidad/necesidad de la auto-representación y la voz no mediada; sobre el rol del antropólogx en este complejo proceso y sobre sus implicaciones, en particular éticas, de responsabilidad social y de compromiso por la transformación social y política.

    Siempre anhelé el documental por sobre cualquier texto escrito y mucho más que cualquier texto académico, por su potencial como medio para hacer público el trabajo de la antropología. Raspando coco es el resultado de un sueño profesional, el de poder transformar mi trabajo investigativo en una obra de apreciación pública, accesible a todo el mundo, en especial a los protagonistas del trabajo de campo, a las/os sujetas/os, las/os actoras/es, las/os consultoras/es. El sueño de poder compartir una obra que ellas/os comprenden, que les habla en su mismo idioma, porque son ellas y ellos hablándose a sí mismas/os, contando sus historias a su manera, para sus familias, sus comunidades y para el mundo (“¡esa viejita no pensó ir tan lejos!”).

    Al presenciar las reacciones de mis consultoras y consultores (ancianos y ancianas afro-ecuatorianas/os esmeraldeñas/os hacia este trabajo que ellas/os y todo un equipo de realización co-crearon conmigo) pensaba en mi tesis doctoral y en todos los artículos académicos que he escrito y publicado en revistas, con el el más alto rigor que demanda la academia. Artículos escritos por una académica para otrxs académicxs, como dice el dicho “preaching to the choir” (hablando para los mismos). El conocimiento sale de las comunidades pero rara vez retorna, sino que se queda circulando infinitamente en los corredores de la “torre de marfil” universitaria…

    Por eso Raspando coco es un sueño hecho realidad. Mientras me despedía de Matilde, tratando de hacer arreglos para que ella tuviera acceso a ver el documental “una y otra vez” como ella lo pedía, imaginaba el video “tocando” en la sala de su casa como una canción de un disco, repitiéndose una y otra vez, hasta memorizarse, hasta que el video se vuelva propio, favorito, impregnándose en los sentidos y lugares cotidianos hasta formar una impresión permanente en su memoria. Un video que se comparte con todo el que visita–familiar, amiga/o, vecina/o– y sobre el que se ríe, se comenta, y se repite una y otra vez, hasta el cansancio… Así me imaginé también a mi misma acompañando a Matilde, y a todas y todos mis informantes-consultores-amigos-coautores, integrando mi presencia en su cotidianidad y recuerdos definitivamente, como un presente permanente durante mi ausencia que ellas/os siempre reprochan. Las imágenes bellas de sí mismas/os y su valiosa labor – la cocina, la agricultura-, las risas y la alegría, las visitas y el reconocimiento en sí son la cura que posibilita la fotografía y el cine a sus protagonistas y actoras/es.

    Raspando coco me deja un sabor verdaderamente dulce y brillante — ¡gracias Esmeraldas, gracias antropología, gracias cine!

     

    Pilar Egüez Guevara, Ph.D.

  • Aceite de coco

    October 9, 2013
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    Por: Julio Prado Guerrero

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    Don Julio y su familia administran el restaurante “Tío Julio” en la calle Ostiones, Atacames, provincia de Esmeraldas. Hace muchos años, él elaboraba el aceite de coco para venderlo como bronceador solar en Atacames, y también para uso personal. Tradicionalmente en Esmeraldas el aceite de coco se ha usado de forma cosmética para proteger y humectar la piel y el cabello. Ocasionalmente también se acostumbraba a usarlo como laxante en casos de mala digestión, acompañado de un vaso de agua tibia o té de manzanilla. Sin embargo, desde que se comenzó a comercializar en farmacias un supuesto aceite de coco de procedencia industrial, con fragancia artificial añadida y mucho más barato, Don Julio y otros fabricantes de aceite de coco quebraron. Es muy fácil verificar la falsedad de este aceite comercial. Basta con colocarlo en el refrigerador para comprobar que allí conserva su estado líquido. En cambio, por su composición química (altamente saturada) el aceite de coco verdadero se solidifica a bajas temperaturas, tomando la apariencia de una manteca de color blanco o a veces amarillento. Por un pedido especial, Don Julio fabricó y me permitió registrar paso a paso la elaboración del aceite de coco.

     Fotos: Pilar Egüez Guevara

  • Cocadas

    October 9, 2013
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    Por: Doña Flor

    La Fábrica de Cocadas “Florcita” está ubicada en la carretera vía a Atacames, frente al Municipio. Allí Doña Flor y sus hijos elaboran cocadas de diversos sabores. Sin embargo la más popular es la cocada de piña. Doña Flor me explicó brevemente y me permitió fotografiar parte del proceso de elaboración de las cocadas. Se rallan los cocos usando el utensilio especial que mencionamos en el post de la fabricación del aceite de coco y se cocina esta ralladura en miel de raspadura o panela en paila de bronce. Para cocadas blancas se usa azúcar en lugar de panela, y para cocadas de piña se utiliza la piña cortada en trozos finos. La corteza del coco se usa a veces como combustible, o también lo compran los artesanos para confeccionar aretes u otras artesanías.

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